Divorciado
Pepita Machado Arévalo
Ya nadie controla lo que compro, en qué gasto, si llego a casa, si fumo, si bebo, si ordeno mis cosas o si se me corta la respiración como consecuencia de un asma infantil mal curada. La recuerdo como a un peluche en funda. A los cinco años, su felpa podía ser un arma para mis alveolos frágiles. O quizás me ahogan mis hábitos autodestructivos, a los cuarenta: me pueden matar en cualquier momento y no los puedo enfundar.
Puedo dejar en el lavabo fragmentos de mis barbas y bigotes, gotas de orina en el retrete, rociar Axe por la habitación, pedir chatarra a domicilio, matar plantas. Muchas veces me quedo dormido en el mueble rojo cuando hago como que leo y me despierto, desconcertado, y ya es de madrugada. Nadie me dice que me ponga la pijama y hasta mi madre ha dejado de asustarse porque sabe que a veces, si no contesto, es más probable que me haya quedado dormido con el celular en silencio a que haya muerto.
Puedo vivir, semanas enteras, con compras de dos dólares con cincuenta: tres rollos de papel higiénico, seis huevos y dos Carnival para aullar mis pensamientos en el balcón y retener los menos siniestros, porque los otros se van con el humo chino que no se queda en mis pulmones. Pero a veces se acaban el arroz, el azúcar, los condimentos y los productos de limpieza, y la tienda de la vecina no es suficiente. Los almuerzos ejecutivos y la bondad de mi madre cuando la visito y me ofrece un plato y me envía unas tarrinas porque se cansó de que nunca le devuelva los tuppers, a veces, no cubre las cenas. Es hora de hacer compras de verdad.
He limpiado la refrigeradora. Obtuve una funda de desechos, salsas que caducaron, algún resto de una tarrina que tenía comida fresca que no consumí a tiempo pero que me costó descartar porque de niño me dijeron que no se desperdicia el alimento. Limones secos a montones, de varias edades. Unos de dos meses, otros de un mes, otros de la semana anterior. La última vez que quise aprovechar un limón seco terminé con el dedo sangrando por un cuchillo que antes me dividió a mí. Conservas expiradas. Quesos hediondos sin vocación de serlo. Hierbas lánguidas. Tomates suaves donde el rojo es más rojo porque un cojín verdeazulado con pelusilla blanca crea un contraste en su piel de agua. Papas a las que les crecieron patitas. Tierra, cortezas secas, botellas de licor de una fiesta añeja. Las verduras muertas de alguna semana en que me propuse hacer jugos verdes pero entristecí y volví a tomar Coca-Cola. La botella de cola sin gas.
Mi refrigeradora está impecable. Lista para recibir nuevas frutas, verduras y quesos que me propongo, esta vez, consumir antes de:
Llevo la lista del supermercado hecha. No quiero que se me olvide algo esencial. He anotado, con colores, la importancia de cada cosa. La guardo en la billetera que está limpia de recibos, tarjetas inútiles y monedas. Llego al supermercado y veo que las perchas han cambiado de sitio. Donde antes encontraba lácteos hoy hay cosméticos. Donde estaba la carne hoy está la comida para mascotas. Donde había fideos hay pan. Enseguida siento una especie de extrañamiento, de orfandad. Me costará adaptarme a este nuevo sitio y volver a memorizar el lugar exacto de cada producto, de modo que hasta estando ciego pudiera hacer, sin tropiezos, la compra.
Instalaron espejos. La luz no me favorece. Preferiría no tener la distracción de mi propia imagen con un fondo de plátanos, piñas y tomates orgánicos. Estoy pálido. Miro unas ojeras verdosas y he envejecido. Uno de los lados de mi cara ha caído más que el otro. Pero me veo mejor que Juan Sánchez que fue el adonis de mi promoción. Está calvo, gordo y torcido. Yo siempre fui feo, pero con la edad me he embellecido. Los lentes y la barba me ayudan a ocultar, como si fueran maquillaje, que en las fiestas del colegio nadie quería bailar conmigo.
Un feo debe ser gracioso. Hacer reír fue una de mis estrategias de conquista. Pero perdí la chispa. Ensayo mi otra cualidad: la conversación.
Inicio chats con mujeres que no viven en mi ciudad, las prefiero académicas y hago como si me interesara su tema de tesis después de buscar sus nombres en Google Académico. Chateo con ellas sin errores ortográficos y con ciertas palabras sofisticadas, en pequeñas dosis, que me permiten clasificarlas en tres grupos: las de mente veloz que las entienden, las que se demoran lo necesario para inferir que lo googlearon y que ocultan su ignorancia pero temen perder mi interés por no saber; y las que me preguntan, enseguida, qué significan. Las primeras me intimidan, las segundas me decepcionan y de las terceras me enamoro. No sé si por su ignorancia o por su transparencia.
Entonces los chats se reducen hasta que tengo un grupo más pequeño de interlocutoras a quienes me es más fácil memorizar y distinguir quién es quién. Lo que me dicen unas se lo cuento como cosa mía a las otras. Aprecian sinceramente mi sensibilidad para comprender sencillas nociones astrológicas y asuntos de una profundidad emocional que les conmueve. Son hermosas como flores. Pienso que serían, entre ellas, grandes amigas. Acomodo nuestras conversaciones en sendos documentos, para no confundirlas y anoto, en una agenda, escribir antes de:


