Mi flacura
Julián Plazagrande
Me pillo otra vez a la deriva, naufragando.
Pero, ¿cómo iba a responder algo que ya se ha respondido hasta la saciedad?
Es la autolisis, esa hambre autoimpuesta que regresa a la dieta ridícula del prana, los sueños raros.
Son las panaderías de barrio, los senderos de la gula repletos de migas.
Al pie de algún muro roído por el ambiente, el grafiti de un pretendido poeta reza: “cuando me suicido despierto en Quito”, pero a mí me parece que es al revés, ¡Que hayga esperanza!
Kito con K, ¡Ke décadas de lomas y kebradas! Aquí, entre jardines, castillos y rascacielos, descansan los tiernos excesos. Pan y pasta en tierras lejanas.
Allá en el sur, las pintoras me juzgan, dudan de la calidad de mi conversación y mi saliva por compartir tabaco con un drogadicto en la plaza del farol. Pero hasta para ser gamín hay que ser fino, aunque fino y delgado no sean lo mismo.
Arde la boca del estómago.
Y yo sigo igual. Un alma vieja, me decían. Palmas pobladas de líneas paralelas, perpendiculares, secantes.
Pecho a tierra, el pasto hormiguea en la oreja. La vida es insoportablemente testaruda, torrencial, se reproduce contra todo pronóstico. Y así también son las palabras, las sutilezas de lo sensorial mediante las palabras. Por naturaleza hablo y callo, tiendo a la saturación, a la verborrea, al delirio, a la exageración, al desbordamiento y a cuantos más sinónimos se me puedan ocurrir. O, por el contrario, a la parquedad y el cinismo, y por lo mismo, de vez en cuando, a la anomalía.
Las caricias de las palabras seleccionadas, regalos del sosiego. Pero empalagarse es fácil. Engolosinarse, en cambio, es una maña del ocultismo.
La vida no solo es testaruda, sino que es terca y redundante. Desgarros de parto, cadáveres que explotan en nubes de confeti, multitudes agolpándose para ver las horrendas combustiones espontáneas. Luego, los chorros blanquecinos de extinción.
Seis veces la muerte.
Ya no.
Tic tac, me consuelo con estos diminutos dientes sabor a naranja, Tic tac. El pasar de las horas. Con el primer bocado, unos alhelíes me esperarán sobre la mesa al llegar el futuro de las tardes adultas. Pluma blanca, abrazos de cuencana, arrumacos. Guiños de un fantasma en los vértices de las paredes.




