El asunto de los caracolitos
Pablo Jerónimo
Debo haber tenido unos cuatro años. Leí en alguna parte que los primeros recuerdos no suelen ser anteriores a esa edad y este es el recuerdo más remoto que tengo. La casa donde crecí aparece todavía en construcción. Le decía la casa rota. El jardín sin plantas. El césped cuadriculado, sin raíces. Los árboles de mi mamá todavía sin sembrar. No aparece el cementerio de los periquitos australianos. Con toda seguridad era fin de semana. Habría venido con mi familia a ver cuánto creció la casa rota mientras nadie miraba.
Prosigo, impresión por impresión, el orden sugerido de las imágenes.
Estaba en el patio, casi a ras del suelo, en cuclillas. No tenía cara; este recuerdo es anterior. Veía todo en primera persona: mis manos, mis rodillas. Besaba las rodillas y recogía algo. Entre los dedos, una forma de bolita que giraba entre las yemas. Tanteaba sin mirar. Antes, recibía el olor, como de chicle masticado. Un olor que ascendía y penetraba desde el paladar hasta la nariz. Agradable, dulce. La sensación táctil, impregnada por el mismo olor azucarado. Diría, sin metaforizar, que era una textura dulce.
Veía entonces al caracolito.
No guardaba al animal dentro, era solo la concha: una forma de espiral perfecta, como fósil de amonita. Blanca y mineral, similar a espuma resecada, una formación espontánea de la naturaleza que casi desaparecía con el tacto. Buscaba entre las líneas del cemento y aparecían otros caracolitos, tan pequeños que se confundían con los desprendimientos de la roca.
Amontonaba todos los que podía. Se me caía uno, se perdía otro. Siempre aparecían más. A veces hallaba uno enorme —¡descomunal! — del tamaño de una alverja. Permitía apreciar el hueco donde estuvo el bichito antes de abandonar la concha. Juntaba una montaña con la suma de los caracolitos recolectados y se me hacía agua la boca: la misma satisfacción que separar según el color los chicles preferidos.
Durante años, seguí con mi vida sin cuestionar este recuerdo. Tenía, además, la impresión latente de una época en que era cosa de todos los días encontrar caracolitos. No solo en el patio de mi casa, sino en la escuela, en la calle, en el alféizar de las ventanas. Sin embargo, no puedo visualizar estas escenas. Más bien es como si la naturalidad con la que recordaba haberlos recogido ese día se proyectara sobre otras escenas similares y posibles.
Con el tiempo, mientras crecía, fui verificando lo improbable de este episodio. Ahora entiendo que este recuerdo es de otro tipo, aunque no me animo a llamarlo falso; no porque el valor que le atribuyo dependa de su veracidad, pues sería igual de decepcionante confirmar que todo pasó tal cual lo acabo de narrar. Más bien, me atrae la existencia ambigua y precaria de estos animalitos.
Aunque no he vuelto a ver uno, siento que existen todavía en el margen, como esos flotantes del ojo que escapan a la pupila. Evaden la lupa del pensamiento, pero se agitan con él. Nunca se los puede ver directamente. Como a los dioses, se los conoce solo por sus obras, aunque no sé decir qué es lo que hacen o mueven los caracolitos. Tampoco he visto uno vivo. Tengo la sensación de que son un objeto que debí haber olvidado —como se olvida todo antes de los cuatro años, incluso el salir del vientre— y que, por error, conservo todavía, igual que una moneda de un país que ya no existe.
Es difícil referirme a esta prehistoria personal. Si hago un esfuerzo por describirla, tendría que usar palabras que evoquen la fusión completa de los sentidos, una asimilación total entre imaginación y memoria: fiebre, vértigo, puesta en abismo. En cuanto a los caracolitos, se me ocurre compararlos con el idioma sin descifrar de una civilización antigua, o con una extremidad vestigial que contradice el orden de la naturaleza, o con un hermano que no se sabía que existía y que un buen día solo aparece.
O bien, los cuadros de Chirico.
¿Por qué se siente como si faltara algo en los cuadros de Chirico? Algo ausente entre las cosas y que solo deja los objetos: estatuas, maniquíes, trenes, siluetas. Te metes en el cuadro, examinas de cerca el racimo celeste de guineos y recibes el olor a chicle ascendiendo desde el paladar.
Mi mamá tiene una copia de Las musas inquietantes, La nostalgia del infinito, La incertidumbre del poeta y otros cuadros más en su sala. Por alguna razón, ninguno reproduce el color del original: todos tienden a un celeste pálido. Así es como los conocí. Cuando fui más grande y vi el color verdadero de los cuadros de Chirico, me dieron la impresión de una copia barata.
Aún hoy prefiero las versiones descoloridas que cuelgan en la sala de mi mamá. Cada vez que voy de visita, separo un ratito para meterme en sus cuadros. Me regresan esa sensación desolada que, si bien es triste, también es placentera: ceniza azulada. Sensación de recuerdo falso, de no saber si pasó o no pasó.
Veo las canas de mi mamá y puedo evocar un futuro donde ya no dude solo de la existencia de los caracoles, sino de todo lo que pasó después. Envejecer de vuelta a la infancia. Amortajarse hacia el vientre. Despojarse por completo, hasta volver a ser leve y transparente como un niño sin nombre. No estar seguro de haber escrito esta página o del rostro de mi mamá. Toda ella, caracolizada.


