Los diarios del profeta

David Barzallo Guaraca

Uno de mis héroes de la infancia fue Joseph Smith, el profeta. El fundador del mormonismo. Gran taumaturgo y discreto solipsista. Un tipo visionario y mesiánico; un muchacho campesino y pobre, casi iletrado, capaz de sacarse de la manga un libro sacro de 531 páginas con cientos de nombres propios de personajes, ubicaciones geográficas, árboles genealógicos y sistemas de pesos y medidas. Capaz de publicarlo antes de cumplir los 23 años, fundando una religión milenarista que, con el correr del tiempo, se convertiría en una institución multimillonaria, con seguidores en los cinco continentes, y que forma parte íntima de las biografías de millones de personas, como yo.

En las mañanas, al desayunar, veía el rostro del profeta, en una pintura creada por Del Parson que decora todos los hogares mormones. Otra enorme imagen suya —de rodillas, recibiendo las planchas de oro— coronó el cuarto de mamá por décadas. Yo era el único mormón en mi escuela y estaba orgulloso de mi diferencia. Las profecías decían que eran pocos los escogidos, y yo me sentía muy a gusto siendo uno. Me preparaba a conciencia para llegar puntual y elegante los domingos a la Santa Cena —el equivalente mormón de la Comunión católica—. Aprendí a memorizar decenas de pasajes de las escrituras y realmente disfrutaba de acompañar a mi abuelo a predicar la palabra de dios.

Podría decirse que era un pequeño mormón ejemplar, excepto por un detalle importante: nunca pude llevar un diario. No es cosa menor. El uso del diario era casi prescriptivo en la religión de mis padres. En casa todos conocíamos la historia de Wilford Woodruff, el profeta posterior a Smith que documentó su vida de un modo tan minucioso durante más de 75 años, que sus diarios son utilizados por los historiadores como una de las fuentes primarias más ricas para estudiar la historia norteamericana del siglo XIX. Así como él, mi madre y mis abuelos creían firmemente que llevar un diario era un deber religioso y una forma de adecentamiento moral.

Yo lo intenté varias veces. Al principio de forma metódica, como enseñaban los manuales de la escuela dominical, apuntando no solo los acontecimientos del día, sino también las bendiciones recibidas o los versículos favoritos, pero nunca lograba pasar de la semana. Mi letra enorme, patoja y desigual siempre me causó un poco de vergüenza. Además, no tenía mucho que anotar. Yo era callado y observador y el país se caía a pedazos allá afuera, pero mi infancia fue una rutina casi impermeable de televisión, juegos, naturaleza y lecturas.

El tiempo hizo lo suyo. Poco a poco me fui alejando de dios y de la religión. Uno a uno fui derribando todos sus preceptos fundamentales: aprendí a fumar y a tomar café, me tatué, me emborraché, tuve sexo sin compromiso, probé cuanta droga cayó en mis manos y falté a la verdad más de una vez. Aprendí, como tantos otros de mi generación, a llevar una doble vida, descuidando la salud mental propia para cuidar la salud mental de quienes me criaron. Mentir es un acto de amor según Florian Zeller. Yo creo que mentir es también un acto de liberación.

De todas formas, no me arrepiento. Fui pecador, pero leal. Si lo que me dijeron en la infancia es cierto, dios tomará en cuenta mi corazón por encima de mis faltas. O al menos valorará el amor que tuve por los míos. Cuando cumplí 30, mamá me regaló los diarios del profeta Joseph Smith. Una edición bellísima, bilingüe, encuadernada en lino con cantos dorados. No lo leí en ese momento, en los estertores de la herejía, sino cuatro años después, cuando ella murió.

Entonces descubrí, para mi asombro, que el profeta Smith era diferente al mártir que yo había conocido. Sus diarios mostraban no solo al hombre y sus contradicciones, sus cuitas y sus temores, sino también a un político fascinante que soñaba con una especie de teocracia comunitaria inspirada en el profeta Enoc, una sociedad sin clases, ni propiedad privada, ni pobreza, cuya abundancia dependía de la fe y del trabajo de sus miembros. Una utopía protocomunista que Smith transformó en un programa de gobierno, presentándose como candidato a las elecciones presidenciales de 1844.

Pocas semanas después, él y su hermano Hyrum fueron brutalmente asesinados y sus planes para una sociedad sin clases, orientada a la fe y al bien común, fueron desmantelados por los líderes posteriores, que se enfocaron únicamente en los aspectos religiosos. De Smith quedó el mártir, no el revolucionario. Podría decirse que fracasó en su intento de llevar a la realidad los sueños que plasmó en su diario, pero el fracaso —dice Piglia— es, desde el Quijote, el verdadero atributo de los héroes.

Hoy tengo 39 años. La misma edad en que fue asesinado el profeta. Tal vez me consiga un diario por mi cumpleaños cuarenta. No es probable que lo llene.