En forma de espiral sobre su cuerpo

Camila Jarrín F. 

Ella lo hacía todas las noches, decía que escribía para vaciar la cabeza y dejar espacio para los sueños. Yo no sé qué es vaciar la cabeza, cuando tengo sueño, simplemente cierro los ojos.

Escribía mucho sobre el mar, decía que algún día nos mudaríamos frente a él. Me contaba cómo sería caminar por la arena, recoger caracoles, piedras y objetos que la marea hubiera dejado atrás; meter los pies en la orilla y jugar a que las olas no nos alcanzaran. 

Decía que ninguna ola sonaba igual que la anterior y que ella se metería mar adentro para escucharlas, hasta donde el agua se volviera profunda, pero que eso no era para mí. Yo iba a disfrutar más de las palmeras. 

Nunca había visto una ola, pero conocía su voz cuando hablaba de ellas.

Vivíamos en las faldas de un volcán, la casa tenía un jardín. 

En diciembre olía a lluvia. El agua golpeaba las hojas grandes y dejaba pequeñas lagunas entre las piedras. Las flores del jardín se abrían para recibirla y, cuando paraba de llover, llegaban los colibríes a picotearlas.

Ella decía que no debía acercarme mucho porque eran animales sagrados de la montaña, lo repetía constantemente. Por eso intentaba atrapar uno, quería llevárselo a su altar, como llevaba las cosas que encontraba en el jardín y que me parecían importantes.

En verano las plantas olían como si el sol hubiera entrado en ellas y se hubiera quedado allí. En el huerto había lavanda, cedrón y unas orquídeas pequeñas de páramo andino que ella regaba mientras escuchaba música clásica. 

A mí me gustaba sentarme cerca y escuchar: la música, el agua, el sonido de las hojas. A las seis me servía la comida; después venían el agua, el juego y, algunas veces, dar una vuelta a la luz de la luna entre la ortiga y la tierra.

Había un momento del día en que el sol entraba por la ventana y se quedaba exactamente sobre el piso donde yo dormía. Me convertía en espiral y me quedaba allí, rendida al silencio de la tarde con una respiración casi imperceptible.

Cuando me despertaba, parecía que hacía yoga, ella hacía algo parecido al estirarse por las mañanas, mientras yo caminaba alrededor de su cuerpo y le rozaba las piernas. 

Cuando terminaba, se quedaba en el suelo, yo me acostaba encima y ronroneaba, ella ponía una mano sobre mi lomo y cerraba los ojos. 

Ese era nuestro momento del día.

A veces se quedaba contemplando una semilla. Podía pasar mucho tiempo. La veía crecer, abrirse, convertirse en una planta, después en una flor; luego veía cómo se marchitaba con la misma fascinación que el primer brote.

Pasaron estaciones enteras. 

Yo no sabía contar el tiempo, pero podía reconocerlo en el jardín. Las plantas crecían, algunas desaparecían, otras volvían con las lluvias.

Un día la casa y la rutina empezaron a cambiar. Ella empezó a dejar cosas a medias: una taza en la ventana, un libro abierto en el suelo; además, se quedaba dormida afuera junto a la salvia.

Una mañana encontré una pequeña flor amarilla entre sus cabellos, la olí. Ella se la quitó y la dejó sobre la mesa. Al día siguiente había otra.

Después fueron las uñas, debajo de ellas siempre quedaba un poco de tierra. Sus manos se volvieron ásperas y tenían pequeñas manchas oscuras que no desaparecían con el agua. Cuando me acariciaba, ya no olía a jabón. Olía a tierra húmeda y hojas.

Yo no le di importancia, seguíamos haciendo lo de siempre. Ella regaba. Yo dormía. Ella escribía, yo me acomodaba sobre sus piernas. Por las noches escuchábamos juntas la lluvia, hasta que dejó de escribir.

El cuaderno quedó abierto sobre la mesa.

Esperé.

Ella no volvió.

La encontré afuera, sentada frente al volcán. Me acerqué y me acosté junto a sus piernas, no se movió. 

Esperé a que me llamara y no lo hizo.

Desde entonces comenzó a pasar más tiempo allí, las plantas crecieron más altas. Los pájaros empezaron a hacer sus nidos cerca, una enredadera alcanzó la ventana de su habitación y ella dejó de entrar a la casa.

Un día sus pies estaban cubiertos de musgo; otro día ya no pude distinguir sus dedos. No parecía dolerle. Tenía una expresión tranquila y yo seguía visitándola. Me acostaba cerca, a veces sobre su regazo y otras, debajo de una sombra que antes no existía.

El tiempo siguió pasando.

Llegaron las lluvias, después volvió el sol, después otra vez la lluvia. Hasta que una tarde fui a buscarla y encontré una flor abierta donde antes estaba su mano.

La olí.

Era ella o eso pensé.

Por las noches la luna tocaba la cumbre, yo seguía subiendo.

La montaña era tibia en algunos lugares y allí me gustaba dormir. 

A veces pensaba en el mar que ella tanto quería, en las olas, las caracolas y esa casa frente al agua que nunca tuvimos.

Entonces la montaña respiraba muy lentamente y yo volvía a acomodarme en forma de espiral sobre su cuerpo.