Sulupali de Christian Andrade

Con la muerte de la abuela la casa quedó cuarteada. Antes nomás caía el barro cuando raspábamos las paredes con las uñas inquietas de niños vacacionando, pero no recuerdo la casa llena de estrías y renga de los lados. Siempre estuvo fuerte, grande y larga, que ni el sol alcanzaba a meterse a todos los cuartos. Ni nosotros. Había lugares prohibidos para los niños. Como el cuarto que heredó el tío Julio al lado de la poza.  

Yo entré una sola vez ahí y fue para que me curase del espanto. Desde que vi la ouija, por incitación de mis primos y hermano mayor, me levantaba a medianoche a pedir un vaso de agua. Me sentaba en las gradas hasta volver a la cama. Dicen que me quedé mal de los nervios. Tembleque. En el cuarto del tío Julio no había más que una luz roja que iluminaba un pequeño santuario. Lo primero que hice fue preguntar por el Cholo de Oro. En el pueblo, contaban que mi bisabuelo, avaricioso, mandó a guardar oro en un muñeco de barro y después lo enterró él mismo en la casa. El tío Julio lo encontró en una de las tantas remodelaciones, porque decía que el Cholo de Oro andaba haciendo diabluras por los cuartos. Le cortó las patas. Y, obvio, le sacó el oro. 

Me curó el espanto con un huevo, lo pasaba por mi cuerpo pronunciando unas oraciones largas sin sentido. Después tomó una botella con un mezclado de montes y trago de punta, y me escupió desde la cara hasta los pies. Por último, con un machete sacudió las malas energías de mi cuerpo. Antes de marcharme, me pidió que fuera con mis primos al río a lanzar nuestros calzoncillos para que se vayan los demonios. En la noche, cada uno guardó el suyo en una funda negra. Bajamos alumbrando el camino con una linterna vieja. Aún nerviosos, lanzamos las fundas burlándonos de la locura del tío curandero. 

Esa misma noche, de regreso a la casa, encontramos todas las luces prendidas y a la familia afuera del cuarto de la abuela. «Se nos fue», dijo el tío Julio, que caminaba por el pasillo con el machete en mano.